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La Veterinaria (cuento)

Autor

Veterinaria.org

Fecha de publicación

29/05/2010

Resumen

La señora Seli (como la llamaban en el pueblo) era una mujer de carácter y personalidad afables, siempre tenía la sonrisa en los labios aunque también actuaba con firmeza cuando era necesario. Felizmente casada y con dos hijos que le habían dado cuatro maravillosos nietos, la señora Seli estaba pensando en jubilarse y dejar su puesto de veterinaria a alguien más joven que ella, quería dedicar sus últimos años a su amada familia.

Artículo





La señora Seli (como la llamaban en el pueblo) era una mujer de carácter y personalidad afables, siempre tenía la sonrisa en los labios aunque también actuaba con firmeza cuando era necesario. Felizmente casada y con dos hijos que le habían dado cuatro maravillosos nietos, la señora Seli estaba pensando en jubilarse y dejar su puesto de veterinaria a alguien más joven que ella, quería dedicar sus últimos años a su amada familia.

  Hablaba con los animales con la misma naturalidad que lo hacía con las personas, y después de tantos años de trabajo, los habitantes del pueblo estaban tan acostumbrados que lo encontraban normal.

  Habían pasado 280 días de gestación y doña vaca estaba teniendo un parto complicado. 

  ¡Doña vaca, empuje con más fuerza que el ternero no sale! Afirmó la veterinaria.

  ¡Hago todo lo que puedo…! Contestó ella con voz cansada.

  ¡Está demasiado gorda! Replicó la señora Seli ¡Ya le he dicho en otras ocasiones que no tiene que comer tanto, es usted demasiado golosa, si me hubiera hecho caso ahora no tendríamos este problema!

  La parturienta vaca, reconociendo que la veterana veterinaria tenía razón, contestó ¡Es  verdad que me lo ha dicho muchas veces pero cuando estoy en el campo y veo tanta comida, no me puedo resistir… el maíz me chifla, está tan bueno!

  ¡Venga, un empujón más y a ver si entre las dos lo sacamos! Pidió otra vez la señora Seli. Poco a poco el ternero fue saliendo ¡Por fin! Dijo la veterinaria toda acalorada.

  Mamá vaca se alegró mucho al ver a su pequeño sano y hermoso ¡Gracias por su ayuda, a partir de ahora tendré en cuenta su consejo!

  ¡Esto ya me lo ha dicho en otras ocasiones y después no lo cumple! Aseguró protestando la veterinaria ¡Mira que brincar a otros cercados para buscar comida… esas cosas no se hacen, sus amos ya no saben qué hacer con usted. A partir de ahora deje de comer tanto maíz!

  Saliendo de la vaquería, la señora Seli se dirigió hacía una granja donde la esperaban para vacunar al gallinero.

  ¿Usted por aquí señora Seli? Preguntó el gallo.

  ¡Sí! ¡He venido a vacunarles! Respondió ella.

  ¡Eso son tonterías! Declaró el ave ¿No ve lo fuerte que estoy y el plumaje tan lustroso y abundante que tengo?

  ¡Sí, lo veo! Reconoció la veterinaria ¡Pero para que usted siga así de sano hay que tomar algunas medidas!

  ¡Va… pamplinas! Continuó diciendo el gallo ¡Si me oyera cantar cuando me acabo de despertar… cuando me acabo de despertar tengo una potencia que por las granjas de los alrededores no oigo otro que cante como yo, y mis descendientes están igual de sanos y cantarines!

  ¡El que este gallinero y otros estén en tan buenas condiciones, en gran parte se debe a los adelantos de la medicina que hace que ustedes enfermen menos! Declaro ella.

  ¡La raza señora Seli, la raza, todos mis antepasados tuvieron pedigrí, no hubo ni uno sólo… ni uno sólo que no fuera de calidad! Afirmó el creído gallo.

  Después de examinar al gallinero y de administrar las correspondientes vacunas, la veterana veterinaria, con su furgoneta visitó otras granjas. Ya estaba anocheciendo e iba de regreso a casa cuando de repente se le cruzó un jabalí, quedándole  atrapada una pata debajo de una rueda. El animal chillaba sin descanso de dolor, mientras, la señora Seli, con un gato mecánico levantaba la rueda para liberar al mamífero.

  ¡Antes de cruzar hay que mirar! Dijo enfadada la veterinaria ¡Eres un descuidado y un  irresponsable! Y cogiendo al animal lo introdujo en su vehículo llevándoselo para curar. Una vez hubo tratado la herida, la señora Seli se sentó delante del cerdo ¿Tienes  familia? Preguntó ella reflejando disgusto.

  El jabalí era muy joven pues el color bermejo de su pelo revelaba que tendría aproximadamente un año, y con algo de vergüenza respondió con un escueto ¡Sí!         

  ¿Tienes madre y hermanos? Siguió preguntando la veterinaria.

  El mamífero volvió a contestar con un simple ¡Sí!

  ¿Y qué crees que pasará cuando vean que no llegas a casa? ¿Se quedarán tan contentos o se preocuparán? Continuó preguntando.

  ¡Se preocuparán! Dijo el joven cerdo siguiendo con la cabeza baja.

  ¡Exacto, se preocuparán! Aseguró la señora Seli ¡Espero que todo esto te sirva de lección y no vuelvas a cruzar la carretera sin mirar. Y ahora dime dónde puedo encontrar a tus familiares y mañana iré a decirles que estarás conmigo hasta que la pata haya sanado y puedas andar sin problemas!

  Como la señora Seli estaba acostumbrada a encontrarse en estas y otras situaciones similares, tenía un cobertizo al lado de su casa para atender a animales sin dueños hasta que sanaban.

  Cuando la veterinaria marchó, el joven bermejo miró a su alrededor y vio que no estaba sólo, acomodados en compartimentos, estaban, una liebre, un gato y un perro.

  ¿Qué os ha pasado a vosotros? Preguntó.

¡A mí me hirió un cazador! Respondió la liebre ¡La señora Seli dice que he tenido mucha suerte de encontrarme con un novato porque de haber sido un profesional me habría ido mucho peor!

  ¿Y cómo viniste a parar aquí? Siguió preguntando.

  ¡Unas señoras que paseaban por el monte me vieron y me trajeron! Contestó ella.

  ¿Y tú por qué estás aquí? Preguntó el jabalí mirando al perro.

  ¡Vivo en la calle y de vez en cuando la Señora Seli me trae a su casa para protegerme del frío y darme algunas vitaminas, dice que estoy delgaducho!

  ¿Y tú? Preguntó al gato.

  ¡Como tenía hambre, entré en una casa y comí veneno para ratones pensando que era pienso para perros. Menos mal que el dueño se dio cuenta y corriendo me trajo aquí! Contestó el felino.

  Dirigiéndose al bermejo, la liebre, intervino diciendo ¡La señora Seli tiene razón, antes de cruzar una carretera hay que mirar para evitar que nos atropellen!

  ¡Yo he mirado…! Dijo entonces en plan chulesco el jabalí ¡Ha sido ella la que se me ha tirado encima con la camioneta, corría que parecía que iba encima de un caballo desbocado, menos mal que sólo me ha dañado la pata!

  El perro y el gato se miraron con cara de incredulidad y el felino preguntó en tono irónico ¿Qué la señora Seli te ha arrollado?

  ¡Eso es, me ha arrollado! Siguió respondiendo con chulería el jabalí.

  Entonces, el perro, enfadado añadió ¡Se nota que ni eres de aquí ni conoces a la señora Seli porque de lo contrario no hablarías así, esta señora es muy buena persona, todos la  queremos mucho, siempre está dispuesta a ayudarnos y nos da medicinas para que nos  curemos aunque no tengamos amos que la puedan pagar. Ella no se te tiró encima, la veo a diario con la camioneta y se como conduce…!

  El gato, también disgustado por lo que decía el cerdo, interrumpió al canino con ganas de enzarzarse con el bermejo ¡Aquí todos conocemos a la señora Seli y sabemos cómo es, el que debía ir corriendo como un caballo desbocado eras tú, y tú eres el que se ha tirado debajo de las ruedas de la camioneta. Eres un desagradecido, después que te ha recogido, te ha traído aquí y te ha curado, ¿cómo te atreves a hablar así de ella? Además, todos hemos visto como te reprendía por haber cruzado sin mirar y tú contestabas  avergonzado con la cabeza bien agachada, te…te… me callo lo que iba a decir porque la señora Seli no quiere peleas, que si no, ibas a ver tú!

  Viéndose descubierto y con algo de miedo, el joven jabalí bajó la cabeza, se acurrucó y empezó a llorar.

 

¿Por qué lloras? Le preguntó la liebre.

  ¡Porque encuentro a faltar a mi madre y a mis hermanos! Respondió él.

  ¡Sólo serán unos días, pronto los volverás a ver! Expreso ella con ternura, y viendo que el cerdo no paraba de llorar, se acercó arrimando su cara a la de él a la vez que lo acariciaba con una de sus patas. Entre llantos y caricias, los dos mamíferos se quedaron dormidos.

  Pasados unos días, los cuatro animales ya restablecidos, regresaron a sus lugares habituales de residencia.

  Mientras la veterinaria continuaba con su trabajo, un grupo de animales se reunían con una finalidad, hacerle una bonita despedida a la querida señora Seli.

  ¡He pensado que cada uno de nosotros podemos entregarle un regalo! Dijo un caballo.

  ¡Estoy de acuerdo! Respondió un lobo.

  ¡Yo también! Añadieron el resto de animales presentes en la reunión.

  ¿Y qué le regalamos? Preguntó un periquito.

  ¡A ver qué os parece mi idea…! Continuó diciendo el caballo.

  Días más tarde, la señora Seli iba con la camioneta de regreso a casa, cuando vio un pato en medio de la carretera.

  ¿Qué haces aquí…? ¿No ves que te podemos atropellar? Preguntó con asombro la veterana.

  ¡La estaba esperando a usted! Contestó el palmípedo con cara de preocupación.  

  ¿Qué te pasa? Preguntó ella con inquietud.

  ¡A mí, no…! Siguió diciendo el ave ¡Una de mis hermanas se ha puesto enferma y no sabemos qué le pasa!

  ¿Y cómo es que tus amos no me han dicho nada? Volvió a preguntar la señora Seli.

  ¡No lo sé pero está muy mal! Afirmó él.  

  ¡Bueno, pues vamos a ver qué le sucede! Dijo la veterinaria.

  Mientras se dirigía a la granja donde supuestamente estaba la pata enferma, al doblar una curva, vio en una pradera, una gran cantidad de animales, de casa, de granja y del bosque, ¿qué está pasando aquí? se preguntó fuertemente impresionada.

  Al llegar allí, vio caras alegres que la estaban esperando, y mientras bajaba del vehículo, un numeroso grupo de pájaros empezaron a entonar una bellísima melodía, cuando terminaron, una yegua, en representación de todos se dirigió hacía la veterana que ya percibía el significado de todo aquello.

  ¡Aunque muy a pesar nuestro usted se jubila, nos hemos reunido aquí para agradecerle sus servicios. Nunca olvidaremos lo buena que ha sido con nosotros, siempre que hemos tenido un problema usted nos ha socorrido fuera la hora que fuera, y como muestra de nuestro agradecimiento, le hemos traído unos presentes que esperamos acepte!

  Entonces, perros, gatos, conejos y otros, dejaron  a los pies de la veterinaria un gran montón de flores silvestres.

Vacas, ovejas y cabras, la obsequiaron con leches y quesos.

Las gallinas con huevos.

  Un cerdo se acercó diciendo ¡Puesto que nuestra naturaleza nos otorga el privilegio de ser un rico manjar para los humanos, nosotros queremos obsequiarla con embutidos de todas clases. Este año hemos salido riquííísimos. Y nuestros amos no se enfadarán cuando sepan que los hemos cogido para usted. Aunque bien pensado, no tienen ningún derecho a enfadarse, es carne de nuestra carne!

  Algunos lobos, ciervos, jabalíes y otros animales del bosque se presentaron cargados con frutos silvestres.

Animales que habían sido curados por la señora Seli y otros que sólo la conocían  por su reputación, le hicieron regalos, y ella no pudo contener lágrimas de emoción por el afecto y el agradecimiento que todos le mostraban.

   Mientras intentaba aclarar la garganta para decir algunas palabras, se acercó un gatito algo tristón, preguntando, ¡Y ahora…! ¿Quién nos curará si usted se va?

  La veterinaria lo tomó en brazos y después de agradecer a todos aquella bonita despedida, les explicó que había sido contratado un joven veterinario ¡Tened paciencia con él, es su primer trabajo, al principio se equivocará en algunas ocasiones, aunque ya veréis que cada vez lo hará mejor y hasta es posible que llegue a ser mejor médico que yo!

  Pasados unos pocos meses, llegó él con la ilusión propia de la juventud y de las ganas de trabajar. Puso una clínica veterinaria con un letrero luminoso. Por las mañanas haría un recorrido por las granjas de la zona y por las tardes atendería a los animales que le trajeran a la clínica.

  ¡Buenas tardes, Carlos, te traigo a mi periquito que desde hace algún tiempo está triste y no sabemos por qué, tiene de todo y no le falta de nada, en casa todos lo queremos mucho y lo tenemos muy mimado!

  Carlos se alegró mucho al ver en su establecimiento a su primer cliente, y después de examinar al animal, expresó su opinión ¡No le veo ningún problema físico, la tristeza puede ser debida a que está sólo, si en la jaula le ponen compañía seguramente la melancolía desaparecerá!

  El cliente estuvo de acuerdo y hablando de todo un poco, añadió con una cierta ingenuidad motivada por el afecto que le tenía a la veterinaria ¡Veo que no hablas con los animales como lo hacía la señora Seli!

El veterinario se limitó a sonreír y finalizada la conversación, el vecino del pueblo se despidió ¡Hasta otra, Carlos!

¡Hasta luego! Respondió él.

  Entonces, el veterinario oyó una pequeña y graciosa vocecita que decía ¡Hasta otra, Carlos! 

  Él, momentáneamente se sobresaltó e inmediatamente se tranquilizó diciéndose para sí (los loros y periquitos repiten lo que oyen decir y éste ha repetido lo que ha oído decir a su amo) y sonriendo respondió ¡Hasta otra, periquito!

  Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 

  Autora: Montserrat Martínez Vila.



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