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Un gran paso hacia atrás

Autor

Veterinaria.org

Fecha de publicación

11/06/2011

Resumen

La moneda de cambio en la comunidad científica de todo el mundo son las revistas especializadas. En ellas, los investigadores se enteran del último grito en su campo, se mantienen al día, aprenden, discuten, negocian, aportan, crecen.


Artículo

Hace algunas semanas hubo en el vecindario un corte de energía eléctrica. Durante horas los vecinos de la colonia estuvimos sin electricidad y por tanto sin los satisfactores asociados a ella: luz, televisión, internet. Y aunque sólo fueron unas horas, cuando se restableció el servicio traíamos un humor de perros.

Le ha pasado algo así? Horrible, ¿verdad? Ahora imagínese vivir así, sin acceso a satisfactores básicos. Eso es vivir en la pobreza. Y si hay algo peor que vivir en la pobreza, es mejorar hasta un estado intermedio para luego regresar al estatus de amolado, del cero a la izquierda.

Algo parecido les está pasado o está por ocurrirles a los científicos de muchos países. Después de años de disfrutar del valiosísimo recurso que es el acceso a la información, enfrentan ahora la posibilidad de quedarse sin ella para regresar a la oscuridad hija de la pobreza.

Me explico. La moneda de cambio en la comunidad científica de todo el mundo son las revistas especializadas. En ellas, los investigadores se enteran del último grito en su campo, se mantienen al día, aprenden, discuten, negocian, aportan, crecen.

Pero no es algo a lo que se acceda así como así. Hay revistas con costos de suscripción de hasta miles de dólares, y si algo así está fuera de alcance para países como el nuestro, podemos imaginar las dificultades que habrá en países más pobres.

Antes de que internet se convirtiera en la poderosa palanca de igualación que es hoy, muchos científicos e investigadores en países pobres basaban su preparación ¡en libros de texto! O sea que aprendían usando conocimiento enlatado y, en muchos casos, obsoleto.

Pero internet llegó y muchas revistas, miles de ellas, migraron a formatos en línea. Pero sus precios no bajaron, de modo que seguían siendo inaccesibles para muchisísimos científicos del planeta.

Por eso la Organización Mundial de la Salud (OMS) negoció hace una década con los principales editores de revistas científicas, y logró que naciera la iniciativa HINARI en 2001. Conforme a esta iniciativa, las instituciones de países de bajo ingreso empezaron a tener acceso a los artículos de las mejores revistas.

¿Fue benéfico? Sí. Esta semana, en The Lancet, un artículo de comentario sumariza así las ganancias: “Alrededor de cuatro mil 800 instituciones en 105 países han tenido acceso a unas siete mil revistas, incluyendo todas las publicaciones de más prestigio”.

Los asociados de la iniciativa HINARI habían dicho que se mantendría el pacto al menos hasta el año 2015, cuando habrá una magna revisión global a los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Pero parece que no será así.

Hace unas semanas, investigadores de Bangladesh, uno de los países más amolados del mundo, recibieron de la OMS una carta que les informaba sucintamente que ya no tendrían acceso a mil 610 revistas del consorcio Elsevier, 299 revistas de Lippincott Williams & Wilkins, 588 publicaciones de Springer, así como dos más de la Asociación Estadunidense para el Progreso de la Ciencia. Entre las revistas estaban Science y (vaya ironía) The Lancet.

Luego quedaría en claro que hubo mensajes similares para instituciones de Kenia, Nigeria, Perú y otras partes.

En cuanto los comentaristas de The Lancet empezaron a indagar sobre la cuestión, hubo dos reversas; la AAAS devolvió el acceso a Science, y Elsevier devolvió (al menos temporalmente) el acceso a sus publicaciones en Bangladesh. Pero todo indica que los grandes editores de revistas científicas ya no quieren ofrecer al mundo en desarrollo el acceso gratuito. Un acceso que, dicen los comentaristas, virtualmente no les cuesta nada a empresas cuya rentabilidad se basa en investigación que esos editores no pagan.

Los comentaristas dicen que el retiro del acceso, que afecta de manera no clara (porque ni las editoriales ni la OMS han dicho nada) a 28 de los 64 países pobres enlistados por la OMS, “es una acción descortés y desconsiderada por parte de los editores”. Se quedaron cortos.

Fuente: Horacio Salazar el 19/02/2011 en Milenio

 


 



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