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Olfato Canino, Nociones Básicas para el Trabajo con Perros

Autor

Veterinaria.org

Fecha de publicación

20/09/2009

Resumen

En el artículo que a continuación detallamos, realizaremos una síntesis descriptiva a nivel genérico, de cómo el olfato canino puede ser utilizado, en grado óptimo para la localización de personas sepultadas con vida.

 

Artículo

  
Por David Rodríguez Carrasco 



El comportamiento de un can podría definirse como la respuesta del sistema nervioso central (SNC), a los estímulos percibidos desde el exterior por los órganos de los sentidos; en donde dicha respuesta incluso resulta afectada por factores internos del propio animal. Concretamente en el presente texto vamos a centrarnos en el sentido del olfato, uno de los más importantes para la interactuación del perro con el medio que le rodea. El bulbo olfatorio se conecta mediante enlaces nerviosos con la amígdala olfatoria. Esta última es una estructura del sistema límbico, que afecta directamente a conductas tales como la sexual, maternal, de alimentación, reconocimiento entre individuos, etc… Se ha demostrado científicamente que el olfato del perro, es extremadamente más sensible que el del humano, tomando como ejemplo, la percepción del ácido butírico, en donde el ejemplar puede detectar una concentración de esta sustancia entre un millón, correspondiendo el contraste can-humano, a cien millones de veces inferior a la concentración mínima que puede captar una persona de este producto. Este hecho se trata de un caso puntual en una determinada sustancia, pero nos sirve como apreciación objetiva, para poder valorar, tan cuanto puede llegar a ser efectivo el uso de esta característica canina. Igualmente debemos destacar que una inadecuada motivación interna o externa, un nivel de concentración (o grado de atención voluntaria en el desarrollo de la tarea de búsqueda) bajo, el estrés sexual, agotamiento o fatiga psíquica, etc… pueden conllevar que un excelente sentido del olfato, sea mermado hasta límites insospechados, tal como que el perro pase sobre el sepultado sin llegar a detectar al mismo, aún estando soterrado con vida muy superficialmente, lo que favorecería un gran desprendimiento de un cono de olor.

La sabia naturaleza ha hecho propenso en los perros, un desarrollo anatómico de su nariz que favorece expresamente su capacidad olfativa. Los orificios de las dos cavidades nasales, su orientación y concreta morfología, hacen proclive que las moléculas olorosas, entren tras una inspiración, en un torrente espiral, que favorezca el contacto directo con el mayor número posible de los cilios que poseen las células olfativas, a lo largo de la superficie de la mucosa olfatoria. Los cornetes nasales separan el aire en dos corrientes. Gran parte atraviesa los mencionados cornetes, hacia la laringe, prosiguiendo hacia la tráquea para llegar hasta los bronquios. Otro volumen del aire inspirado, se desvía hacia arriba, con destino a la zona olfatoria, recubierta por la mucosa pituitaria que contiene las células olfatorias. Los estímulos olorosos interactúan en fase gaseosa, durante el acto vital de la respiración; pero ha de concretarse que un acto voluntario de inspiración (en donde el ejemplar se encuentra concentrado en la tarea del trabajo a desarrollar), conlleva una mayor entrada del volumen de aire con respecto a los niveles normales. Tras el incremento del grado de atención voluntaria, para la captación de un olor concreto (el de la persona sepultada con vida), en donde se le ha mostrado periódicamente tras los entrenamientos prácticos, sensibilizando al can frente a este determinado estímulo, y asociándole al mismo una consecuencia positiva, tal como un reforzamiento con su motivador (o instrumento que nos ayuda a materializar el instinto de cobro o presa; valga como ejemplos un rodillo, una pelota, un anillo de plástico, etc…), le hará discriminar ese olor frente a cualquier otro, para la obtención del elemento meta que perseguimos, la localización y señalización de la persona con vida sepultada. Aunque inicialmente la formación comience como un juego, las pautas y comportamientos que vayamos instaurando en el almacén memorístico del ejemplar, tienen que tender al cambio de la conducta de juego, por una de trabajo, de manera progresiva, en donde el perro vislumbre el gran contraste, entre el trabajo del desarrollo de una búsqueda, o simplemente una conducta lúdica, fuera siempre de la masa de escombros u ámbito donde se desarrollen las labores de rescate.

La asociación de un estímulo oloroso concreto, con una consecuencia positiva para el ejemplar, presentado en reiteradas ocasiones, mediante el empleo pormenorizado e individualizado de un estudiado programa de reforzamiento (el cual debe definirlo genéricamente el método de aprendizaje y aplicarlo individualmente el instructor); además de facilitar el que se desee o se haga proclive su detección, conlleva de manera directa, un descenso en el umbral de estímulo necesario para detectar dicho olor (umbral de estímulo, es la intensidad mínima que requiere un estímulo para ser percibido). Desarrollado de otra manera, el ejemplar podrá captar el citado olor con menos moléculas olorosas en un mismo volumen, debido a un acrecentamiento progresivo del grado de su atención, por captar ese estímulo concreto. Siempre hay que tener en cuenta que tratamos con un ser vivo, y posee unas limitaciones fisiológicas, que conllevan unos determinados rangos de trabajo que no pueden ser sobrepasados físicamente; aunque son increíblemente óptimos para la detección odorífera, lo que ha conllevado incluso en multitud de ocasiones a asignarles de manera errónea un sexto sentido a los canes, debido al desconocimiento del grado tan brutal de detección que pueden llegar a desempeñar. Cuanto una sustancia más volátil y soluble en agua sea, será más fácil de captar por el perro.

Como comentábamos en el anterior artículo, la conformación del hocico en el can, influye muy directamente sobre su sentido del olfato. Su olfacción se encuentra más óptimamente desarrollado en los perros mesocéfalos, que en los otros tipos. En los braquicéfalos el acortamiento y deformación del cráneo, crean un obstáculo para la circulación del aire, y la longitud del testuz de los dolicocéfalos disminuye considerablemente el paso de efluvios hacia la zona olfatoria. Con ello no queremos transmitir una visión distorsionada, de algunas razas concretas, sino el grado óptimo que presentan algunas para ciertas disciplinas de trabajo; debiéndose tener conocimiento de todos los pros y contras atribuibles a cada raza. Ello nos permitirá una buena selección del can, dependiendo del trabajo a desempeñar.

Estas denominaciones atienden a una clasificación según las formas de las cabezas de los ejemplares, estableciéndose en los perros dolicocéfalos, el predominio del largo al ancho, tanto en el cráneo como en el hocico. Los ojos se encuentran colocados lateralmente dificultando la visión bifocal. Son cabezas características como por ejemplo de lebreles. En los ejemplares braquicéfalos los cráneos son relativamente iguales en largo y ancho, dando un aspecto redondeado. Son cabezas similares a un cubo. En cambio en los canes mesocéfalos las dimensiones son intermedias entre los dos anteriores. Las cabezas no son completamente redondeadas, ni tampoco un cono alargado.

Como estamos describiendo, la extraordinaria capacidad olfativa de los perros, permiten mediante un adecuado adiestramiento, a través de un sistema de formación perfectamente diseñado, el llegar a utilizar este sentido para la localización de personas que estuvieran sepultadas o perdidas en grandes áreas. Es tal su capacidad odorífera, que el can puede llegar a distinguir la procedencia de un olor, a partir de la diferencia en tiempo de recepción de manera individual en cada uno de los orificios nasales, pudiendo llegar las mismas a establecerse por contrastes de tan solo 0,3 milisegundos, lo que le haría orientar la búsqueda hacia la mayor zona de afluencia odorífera, estableciendo una posible dirección por ejemplo en un rastro. Este es el caso de la búsqueda en grandes áreas, en donde debemos distinguir entre olor básico e individual. El olor básico es el que emana de las alteraciones que se generan tras el paso de la persona por un lugar determinado. La mayor o menor plasticidad del terreno, articularán la posibilidad de considerables variaciones, y su permanencia en el tiempo, aunque con este hecho se encuentran íntimamente relacionadas también las condiciones climatológicas adversas, como las fuertes lluvias y vientos, excesivo calor, etc… que diluirían el posible rastro. Simplemente una pisada o huella que compacta una zona concreta del terreno, emite un olor distinto, a la superficie sin alterar, lo que conduce al perro a poder seguir un rastro determinado. Igualmente si el rastro se introduce en un río o cauce pluvial, estas aguas junto con su corriente, facilitarán la imposibilidad de seguir la estela de olor, pero dentro de las estrategias de búsqueda, deben definirse actuaciones, como seguir la batida próximos a ambas orillas, para volver a captar de nuevo el rastro odorífero. Terrenos tan duros como el granito o la caliza, no ayudan al asentamiento temporal de este tipo de olor, resultando de vital importancia la activación pronta de las unidades caninas, destinadas a esta disciplina de trabajo, ya que como pueden observar el tiempo es algo que juega en contra de esta posible pista. Con respecto al olor individual, como indica su nombre, proviene del propio individuo, y dependiendo de las moléculas olorosas desprendidas, si son más o menos densas que el aire, se depositarán en la superficie, o se moverán a merced de las corrientes flotando en el ambiente (este tipo de olor suele evaporarse en torno a los 30 minutos). Más adelante hablaremos con detalle del olor emitido por la persona concretamente. Destacar que el olor individual y básico se entremezclan en el desarrollo de una búsqueda, por lo que no se puede descartar el uso de ninguno, ya que en muchas ocasiones, ante la pérdida de uno, puede recuperarse el rastro mediante el seguimiento del otro y viceversa.

Los actos voluntarios llevados a cabo por el ejemplar, del venteo y rastreo, son totalmente distintos. En el venteo el perro trata de captar las moléculas olorosas suspendidas en el aire; alzando para ello la cabeza, y orientando la trufa hacia la zona de mayor emanación del olor. En el caso del rescate canino en catástrofes, es el comportamiento ideal para la localización de las víctimas, ya que en este tipo de siniestros, no hay ningún rastro, y las personas han sido sepultadas por desprendimientos, hundimientos, explosiones, etc… in situ. El rastreo es más comúnmente utilizado para las actividades de búsqueda en grandes áreas o superficies, donde se han perdido o ha desaparecido gente. Para ello el ejemplar coloca la trufa a ras de suelo, y se deja guiar por el olor de las huellas consecutivas, captando las diferencias entre la intensidad odorífera de las mismas, estableciendo así el sentido de la marcha. El vestigio más reciente, es el más intenso hablando odoríferamente, siendo por tanto el sentido del rastro desde las huellas menos olorosas a las que mayor intensidad de olor emiten. La intensidad odorífera de la huella está íntimamente relacionada con la antigüedad de la misma, no sin obviar otros factores externos que hemos comentado, como las condiciones climatológicas, entre otras. Si la acción del rastreo se dilata en el tiempo, se puede producir una adaptación al estímulo oloroso, en donde deje de evocar progresivamente una respuesta al ejemplar. Esa disminución reactiva, se subsana en la mayoría de los casos, por parte de los propios ejemplares, separándose esporádicamente del rastro y retornando al mismo, después de haberse despejado odoríficamente hablando, de ese continuo cúmulo de olor que se encontraba siguiendo, retornando nuevamente por sí solo a la conducta de búsqueda.

Relacionado al hecho anterior descrito, ejemplares destinados al rescate canino en catástrofes, demuestran un comportamiento muy similar a la conducta ya explicada, tras la localización del cono de olor de una persona sepultada. El perro tras la detección, se retira de la zona de máxima emanación odorífera, para verificar el mayor flujo del estímulo; confirmando mediante el contraste con una zona libre de ese olor, que se trata de la ubicación de una persona sepultada, prosiguiéndole el acto de la señalización sobre la zona de mayor emanación olorosa.

La superficie total de la mucosa olfatoria del perro varía de 75 a 150 cm2, siendo en el caso del humano de 2 a 10 cm2. En el caso del epitelio olfatorio humano, poseemos unos 5 millones de receptores olfativos, pero en los canes se incrementa entre los órdenes de 200 y 300 millones, siendo especialmente proclives en número algunas razas determinadas. Las células olfativas que se encuentran situadas en la mucosa nasal y se encargan de recoger los estímulos olorosos, son células nerviosas provistas de una prolongación periférica que termina en cilios o filamentos. Estos llegan hasta la superficie de la mucosa nasal y se encuentran cubiertos, por una delgada capa líquida segregada por las llamadas glándulas de Bowman (por eso comentábamos anteriormente la facilidad de captar olores que fueran solubles en agua). El sentido del olfato del perro además de poseer muchas más células olfativas que el humano, contiene un mayor número de cilios por cada célula, del orden de entre 100 a 150 cilios, frente a los 6 u 8 de las células olfativas humanas. El cilio es una prolongación de la célula olfativa, que extendida en el moco nasal, se estimulará ante la presencia de las partículas olorosas. Como consecuencia a mayor número de cilios, mayor posibilidad de captar las posibles moléculas olorosas. La sensibilidad del olfato canino, tal y como decíamos al principio (resulta afectada por factores internos del propio animal) variando en el transcurso del día, dependiendo de múltiples factores como son la ingesta de alimentos (siendo más proclive un mejor desarrollo de la búsqueda en los perros hambrientos que en los saciados), cambios hormonales en la concentración plasmática, condiciones climatológicas adversas como calor excesivo, que correlativamente acentúan el proceso de termorregulación, etc... El tamaño del bulbo olfatorio también es importante, por lo que podemos deducir que en el caso de los ejemplares cánidos, es mucho mayor que el de las personas.

Además de lo expuesto anteriormente y como consecuencia de ello, los perros poseen una enorme capacidad de discriminación odorífera, incluso con olores extremadamente parecidos en su composición química. Para ello describiremos a continuación el olor humano, y como logran discernir a una persona viva, de una recién fallecida que aún no se encuentra afectada por el proceso de putrefacción.

El olor del ser humano en una situación real, es mucho más fácilmente captable por el ejemplar ya que las diferentes alteraciones emocionales que modifican el equilibrio bioquímico interno, hacen desprender mayor cantidad de sustancias odoríferas que en el caso de un figurante durante una práctica rutinaria (ejemplo de la adrenalina). El figurante habituado a los lugares confinados, estrechos, oscuros y sin visibilidad, emite menor intensidad de carga odorífera, aunque si la misma base característica de la especie. La tensión, el miedo, el estrés, la ansiedad, entre otros, serán factores que padecerá la persona sepultada, los cuales incrementarán el cono de olor que surge desde el lugar del sepultamiento. En la epidermis de nuestra piel (la capa más externa de la misma), existen varios estratos de células muertas que contienen principalmente queratina, resultando que pequeños trozos de las mismas, denominadas rafts (balsa) se desprenden ininterrumpidamente con una frecuencia media de 40.000 por minuto, existiendo unas más densas que el aire, que se quedan en la superficie, y otras menos densas que quedan a merced de las posibles corrientes de aire u oquedades en donde se encuentre la persona sepultada. Las que se quedan suspendidas en el aire, resultan dispersadas a medida que se retiran del punto del sepultamiento, aunque se encuentran concentradas progresivamente hacia la fuente de donde emanan. Los rafts tienen un olor característico a la especie humana, y los cuales se hallan acompañados, por bacterias, y secreciones vaporosas de sudor y grasa corporal. Las fuentes de donde emana el olor del ser humano soterrado, proviene de gases, vapores o partículas de menor densidad que el aire procedentes de las vías digestivas, respiratorias o dérmicas. Los gases expelidos en la respiración (acto perteneciente solo a un ser vivo) tales como el monóxido de carbono, dióxido de carbono, nitrógeno, amoníaco, metano, acetona, más un largo etc…, incluyendo gran cantidad de ellos en ínfimas proporciones; son los que adjuntos a los rafts nombrados con anterioridad, hacen discriminar a una persona con vida de una fallecida. En el caso de la persona sin vida, aunque también se desprenden estos rafts, no van impregnados de los gases del aire de la espiración. Este hecho hace que el perro pueda discriminar entre una persona o un cadáver. Cierto es, y deberá tenerse en cuenta en la emisión del dictamen final, que una persona recién fallecida, en su última espiración; hace propicia una posible señalización de un perro, como si se tratara de una persona con vida. Este hecho viene relacionado, a que las emanaciones odoríferas, deben diluirse en el entorno. Mientras más hermético sea el sepultamiento, menos se propiciará la dilución, variando en el tiempo la mencionada dispersión del olor; y por tanto requerirá de una objetividad y precisión en el informe, ajustada a las circunstancias que nos encontremos en el desarrollo del trabajo.

Como ejemplo real que sucede en la compleja difusión de los olores, exponemos a continuación brevemente el caso de las personas sepultadas bajo nieve. El contraste de temperatura entre el organismo sepultado y el elemento sepultante, la nieve; conlleva la creación de corrientes odoríferas (corrientes de aire corporales), en donde el aire espirado un poco más caliente, y por tanto menos denso, tiende a subir, penetrar por las oquedades y salir al exterior del sepultamiento, impregnado del olor de la persona. Dependiendo de la naturaleza de la nieve, se favorecerá o dificultará el avance de los olores a través de la misma. La nieve polvo, debido a que encierra gran cantidad de aire tras su precipitación, agiliza el paso de las corrientes de aire caliente, que provienen de la persona. Al contrario las placas de hielo o la nieve más compacta, crea un obstáculo físico para el eflujo de esos olores, que los conducen hacia el exterior, desplazándolos a lo largo de la zona subsuperficial; llegando a salir al exterior, cuando encuentran posibles salidas, incluso a varios metros de la persona sepultada. Puntualizar que mientras más tiempo lleve el individuo soterrado, este generará más cantidad de calor, que derretirá la nieve circundante en contacto con él, creándose una especie de sarcófago hermético de hielo, que no favorece el paso de las corrientes odoríferas. Por supuesto a mayor profundidad de soterramiento, menor emisión odorífera llegará al exterior. Resulta conveniente en esta disciplina el untado de vaselina, en las almohadillas plantares del ejemplar para aminorar el riesgo de quemadura por congelación, o que el can se encuentre habituado al uso de patines, o protectores plantares.

Prosiguiendo con el análisis del olor humano, conforme transcurre más tiempo y según las condiciones climatológicas, el olor de persona viva se va diferenciando del cadáver con el avance de la descomposición.

Con respecto a la persona las glándulas sudoríparas (ecrinas), son las responsables del sudor, y se activan por efecto del calor, predominando en las palmas de las manos y en las plantas de los pies. Las glándulas apocrinas, consideradas una especie de glándulas sudoríparas modificadas, se accionan principalmente por efecto del estrés y el miedo, generando sus secreciones un olor que resulta especialmente importante para la captación odorífera del perro. Se localizan esencialmente en axilas, ingles y aureolas mamarias. El olor del sebo que engrasa la superficie de nuestro cuerpo forma parte del compuesto odorífero que impregna a los rafts. Esta grasa es segregada por las glándulas sebáceas, ubicadas en el cuero cabelludo, frente, cara y mentón.

Dependiendo de los movimientos o inmovilidad del individuo, se generarán unas determinadas formas a la hora de propagarse los olores desprendidos por el organismo:

- En una persona inmóvil, con el ambiente en calma, sin viento, se crea un hemisferio de olor con centro en la persona.

- En caso de la existencia de viento, con la persona estática, el olor puede esquematizarse como un cono, donde su vértice se ubica en el individuo.

- Si la persona se encuentra en movimiento, tras su avance, va depositando en un ancho más o menos homogéneo, tanto el olor básico como el individual, constituyendo estos el rastro en sí.

El ejemplar de rescate canino, puede ser adiestrado, para la localización y señalización de personas con vida o cadáveres. Dependiendo del estímulo odorífero para el cual le adiestremos, conseguiremos unos resultados u otros. Priorizar que en el rescate canino, prevalece el grado de importancia por localizar a las personas vivas, antes que los cadáveres, por los que ya no se puede hacer nada. Detallar que existen ejemplares especializados en la detección de cadáveres, incluso sumergidos en agua; siendo su función la localización de la zona donde se encuentra el mismo, para centrar los trabajos de las unidades subacuáticas.

La temperatura y el grado de humedad en el medio ambiente, pueden llegar a provocar una desecación de la mucosa olfatoria en el perro, que conllevaría una disminución importante en la sensibilidad olfativa, por lo que tendríamos que observar y estar atentos; para mantenerla hidratada y húmeda, impregnándola simplemente mediante la aplicación de agua en la trufa, ayudados por nuestra mano. La liberación de polvo adherido, la hidratación de la trufa y de las partes externas de las cavidades nasales, resulta de vital importancia para la preservación adecuada del olfato.

El excelente sentido olfatorio en el perro puede variar en función de posibles modificaciones psico-biológicas, tales como una degradación del estado general por pérdida de peso, mala alimentación, estrés que desencadenan procesos diarreicos, frustración, evitación, inhibición, etc…; acelerando la aparición de la fatiga olfatoria más rápidamente. Anteriormente comentábamos, que el hambre aumenta la agudeza olfativa del animal, mientras que la saciedad desencadena una disminución, por lo que debemos controlar la ingesta de alimentos, y su rutina alimentaria, adaptada a los periodos de trabajo ordinarios. Igualmente la digestión provoca una disminución de la sensibilidad olfatoria durante la hora siguiente a la ingesta, hecho muy importante a tener en cuenta.

En el caso del perro y en la mayoría de los mamíferos, su olfato no depende solo de la mucosa olfatoria, sino también del órgano vomeronasal; estructura par situada sobre el septo nasal e interconectado con la cavidad bucal, mediante el conducto incisivo. Tanto la mucosa olfatoria como el órgano vomeronasal, envían terminaciones nerviosas a la amígdala olfatoria. Este órgano vomeronasal se encarga de las moléculas de mayor tamaño, como es el caso de las feromonas. Estas feromonas son sustancias químicas, emitidas por el can, que producen determinados efectos en el individuo receptor de la misma especie que las capta. Se dividen en dos grandes grupos, según sus efectos. Las feromonas cebadoras, que producen cambios fisiológicos en el receptor, especialmente neuroendocrinos relacionados íntimamente con la reproducción y el instinto de perpetuación de la especie. Los efectos no son inmediatos, pero las afecciones que producen, como por ejemplo el estrés sexual, pueden conllevar en un ejemplar macho afectado por feromonas exudadas por una hembra, una incapacidad de trabajar que va desde días hasta un mes y medio de duración; siendo terriblemente más perjudicial (en el sentido de trabajo en cualquier disciplina) la ingesta mediante la absorción vía oral, que la absorción olfativa. El efecto producido por estas feromonas sexuales, conlleva una gran incapacidad de concentración para el trabajo, y una sólida fijación por tratar de cubrir a la hembra en celo en el caso de los machos. Con las hembras ocurre lo mismo, en donde se producen orinas copiosas, densas y más oscuras de lo normal, falta de atención a las indicaciones de su guía, incapacidad de concentración, búsqueda de ejemplar macho para la perpetuación de la especie, etc… Hemos podido comprobar que la recuperación del nivel de concentración en un ejemplar afectado por estrés sexual, aplicando el principio activo denominado progesterona; ha resultado en el 95% de los casos infructuoso, debido a que la aplicación exigiría un análisis individualizado y meticuloso, de la concentración plasmática hormonal del cánido, en donde se contrarrestara totalmente este efecto neuroendocrino. El 5% de los ejemplares inyectados, siempre con la dosis calculada en relación a su peso, y no mediante la analítica mencionada anteriormente; tardaron en recuperarse varios días, para poderse concentrar durante las operaciones de búsqueda, encontrándose el rango entre 2 y 3 jornadas. El siguiente grupo de feromonas se denominan feromonas desencadenantes, las cuales producen cambios inmediatos y de corta duración en el comportamiento del receptor.

El perro en los espacios interdigitales, posee unas glándulas cutáneas, que segregan una secreción la cual es depositada sobre la superficie con la que estén en contacto las glándulas, sobre todo cuando el can rasca el terreno después de defecar. Este hecho a tener en cuenta en la formación práctica del perro de catástrofes, además de siempre antes de comenzar una búsqueda, posibilitar la micción y deposición de excrementos fuera del área de entrenamiento; debe de ser una acción automática. El hecho en sí, responde a la no creación de estímulos odoríferos que desvíen el aprendizaje de otros canes, que prosigan la actividad, después de haber finalizado su antecesor. Además de evitar orinas y defecaciones en el área de trabajo, que se presentarán pero en prácticas más avanzadas, donde ya se encuentre consolidada la conducta de búsqueda en el perro; debemos llevar un control pormenorizado del orden de ejecución en las prácticas, ya que hemos denotado, sobre todo en ejemplares mestizos; como pueden seguir el rastro de perros anteriores hasta el zulo donde se encontraba sepultado el figurante, como si de una marca fosforescente se tratara, no localizando a la víctima por venteo, sino por haber seguido el rastro del primer perro que ha ejecutado el trabajo. Otro hecho como la utilización de guantes por parte de los guías en la colocación de escombros, para realizar el acondicionamiento del zulo donde se sepultará al figurante, es esencial desde las primeras fases formativas, no induciendo al perro a que busque rastros en los escombros posiblemente manipulados con las manos desnudas, e impregnados de sudor provenientes de las glándulas ecrinas del humano.

Cuando el can de catástrofes llega a realizar multitud de prácticas o intervenciones reales consecutivas, o muy cercanas temporalmente, aparece un fenómeno denominado agotamiento o fatiga psíquica. Este fenómeno se manifiesta por la incapacidad del ejemplar a la hora de concentrarse, caminando tambaleándose como si se encontrara casi borracho, y por supuesto disminuyendo la capacidad discriminativa odorífera, aumentando considerablemente el umbral de estímulo; pudiéndonos inducir a error señalizando un olor muy parecido al de la persona con vida sepultada, siendo por ejemplo un cadáver, que como ya hemos visto, se distingue química y odoríferamente en muy pocos detalles, del olor de la persona sepultada con vida. En este hecho, solo podemos tratar de atrasarlo mediante el uso metódico de un proceso de relevos a la hora de intervenir. Por supuesto en las etapas de formación y perfeccionamiento continuo del equipo canino (conformado por el can y su guía), ambos tienen que encontrarse habituados a operaciones de alta intensidad, tanto por su número, como por su complejidad y continuidad, en donde se aumentará su rango de padecimiento frente a esta fatiga psíquica. Un perro afectado por este fenómeno, puede tardar en recuperarse entre quince y veintiún días, dependiendo del grado afección cuando se le retiró del trabajo.

A continuación procederemos a explicar las diferencias entre señalización y marcaje. La señalización del ejemplar destinado a la disciplina de rescate canino en catástrofes, es la acción o conducta mediante la cual un perro comunica a su guía ya sea auditiva o visualmente, la localización exacta de una persona sepultada. En este caso la señalización puede ser pasiva o activa. En la pasiva el perro, no ejecuta reiteradamente un determinado comportamiento, sino que suele adoptar una postura preestablecida, en la que permanece hasta la indicación por parte de su guía para poder retirarse, una vez que el mismo ha visualizado el punto señalizado. Las posturas a llevar a cabo suelen ser posición de sentado o tumbado. Este tipo de señalización se da concretamente en la detección de explosivos e IED (Improvised Explosive Device, Artefactos Explosivos Improvisados), para evitar la posible activación de los mismos, ya sea mediante movimientos bruscos o la generación de sonidos, como el ladrido. En la activa, el perro lleva a cabo una conducta que conlleva acción y movimiento, tal como el ladrar, rascado, desplazamientos alrededor del punto de máxima emanación de olor, etc… En esta señalización activa, en el caso del rescate canino en catástrofes, resulta preferible la señalización mediante ladridos, ya que no existe la posibilidad como en el rascado, de erosiones en las almohadillas plantares, lesiones en las garras, posibles cascotes que caigan encima, etc… Además con el ladrido aunque el guía en algún momento, deje de visualizar a su can, sabrá que ha localizado a una persona mediante esta señalización auditiva, ya que la oirá. En el caso del rascado no. ¿Cómo serán las indicaciones en planos superiores como un techo? En el rascado el perro tenderá a quedarse en posición de bipedestación en momentos, o se acercará a la pared más cercana, al punto de mayor emanación de olor. En el caso del uso de ladridos, el perro orientara la cabeza y la trufa al punto de máxima emanación odorífera, ladrando ininterrumpidamente hasta la llegada del guía. Este último hecho de la permanencia en el punto de señalización, tras finalizar el trabajo, es de vital importancia, para que el guía o jefe de unidad pueda establecer la localización exacta de la posible víctima sepultada.

El marcaje es un comportamiento muy característico que hemos podido evaluar en la totalidad de los siniestros, donde ha habido personas fallecidas, y se ha trabajado con perros que solo detectaban individuos con vida. Este proceder implica, que durante el desarrollo de una búsqueda, en donde el perro ejecuta la misma con una línea mantenida y constante de trabajo, se detecta esporádicamente un cambio conductual importante, que obedece a la captación de una emisión odorífera muy parecida a la que el ejemplar está buscando. Una vez que logra discriminarlo del olor seleccionado e implementado en su almacén memorístico, como el que hay que localizar, descarta ese punto y continúa el desarrollo de la exploración. Comportamientos como olfateos en puntos concretos que descarta y no señaliza, giros enérgicos de cabeza en direcciones determinadas, permanencia en puntos precisos durante un lapso de tiempo, etc… son los cambios conductuales que pueden implicar, que existe la emanación de un olor muy parecido al de una persona sepultada con vida. Este caso ha solido ser normalmente el de un cadáver, que como ya bien saben, solo se distinguen odoríferamente de la persona viva, en que sus rafts no van acompañados del aire de la espiración que proviene de la respiración. Mediante estos marcajes en gran cantidad de siniestros, tras la valoración conductual del jefe de unidad, o del guía; ha podido localizarse a personas fallecidas sepultadas, aun habiendo acudido con ejemplares que solo señalizarían a personas sepultadas con vida.

¿Resulta necesario que un perro de trabajo destinado a la detección, señalice y reaccione ante concentraciones mínimas del olor que tiene que buscar, o puede ser un entorpecimiento de la tarea a desempeñar? Vamos a contestar a la siguiente pregunta, hablando de varias disciplinas a modo de ejemplo.

En el caso del rescate canino en catástrofes, puede darse la situación, que la persona sepultada con vida, se encuentre muy profundamente soterrada (como el siniestro sucedido en Turquía donde se extrajo a una persona, señalizada por un perro de rescate, tras 4 forjados de plantas casi intactos, de un edificio); o que se encuentre muy herméticamente sepultada por la acción repentina del siniestro, etc…; en donde las emisiones odoríferas sean más que mínimas, pero perceptibles para el can. El hecho de que el perro no reaccione ante estímulos que capte de baja intensidad, conlleva que probablemente no señalice a personas recientemente fallecidas, en donde su olor almacenado de la última espiración no se ha diluido aun. Pero corremos el riesgo como en las circunstancias expuestas anteriormente, de que se nos escape una posible señalización de una persona con vida sepultada. O incluso si no formamos al perro para reaccionar ante esta mínima intensidad estimular, en vez de señalizar, tan solo ejecute un marcaje, que podamos interpretarlo de una manera distinta.

En la disciplina de detección de narcóticos, como prevención para localizar cualquier sustancia; siempre se debería hacer responder al can incluso ante cargas estimulares mínimas odoríferas de los productos a señalizar, porque pueden tratar de ocultarlas o hermetizarlas tanto, que pasen desapercibidas para el perro, en caso de no estar adiestrado con este fin. Pero sucede un hecho que no hay que obviar. Algunos de los productos a localizar, pueden dejar rastros imperceptibles para el humano, pero fácilmente detectables para el ejemplar, tras la impregnación de moquetas de coches, pisos de vehículos de transporte, o cualquier oquedad porosa en donde pudiera almacenarse el olor, aun después de ya no encontrarse la sustancia en el sitio. Podemos incluso imaginarnos una señalización activa mediante rascado, en un vehículo, con estas últimas características, en donde el can destroza literalmente el coche, arañándolo, y no encontrándose al final ningún tipo de narcótico, aunque el olor de una mínima emisión por contaminación, está ahí. ¿Quién sería el responsable de esta acción?

Tratemos por último otra disciplina, como la detección de explosivos. ¿Podemos plantearnos el que se nos haya ocultado un explosivo, almacenado herméticamente, para llevar a cabo un atentado o actividad delictiva, y no logremos señalizarlo, debido a que nuestros ejemplares no reaccionen ante estímulos olorosos de baja intensidad? ¿Se puede dar el caso, como en los narcóticos de una contaminación odorífera que capte el perro, aún ya no estando el explosivo almacenado en el lugar señalado? Por ejemplo el empleo de perros de muy pequeño tamaño para la detección de minas antipersonas, que se activan a partir de un determinado peso, al igual que en la C-IED (Countering Improvised Explosive Device), en donde también existen IEDs activados por un sistema de iniciación basado en platos de presión; es un uso determinado aprovechando la morfología canina para una correcta detección y seguridad del can que desarrollará el trabajo. Pues al igual que estudiamos estas características, debemos plantearnos, si un campo de minas, sobre un terreno que puede compactarse tras un determinado tiempo y con unas condiciones meteorológicas idóneas, que casi sellen o hermeticen el olor del explosivo, sustancia manufacturada detonadora o deflagrante; nos haga recapacitar sobre si resulta o no imprescindible el que los perros adiestrados señalicen esas pequeñas mínimas emisiones que pueden surgir, aún en situaciones muy delicadas y confusas donde no aparecen los productos señalizados por posibles contaminaciones odoríferas u otros hechos.

Todo lo descrito anteriormente en estas tres disciplinas de trabajo del perro de detección, responden a que en las emisiones de los dictámenes finales sobre los trabajos a ejecutar, con canes; debemos de ser tremendamente meticulosos, rigurosos, concisos y objetivos. Un conocimiento profundo sobre la conducta canina de su propio perro, o de su unidad al completo, según el caso; resulta indispensable para un correcto informe oficial, en donde se especifique de manera justa y ponderada, la actuación canina de manera exhaustiva, junto con unos resultados claros, que en algunos casos como hemos podido leer, no pueden ser tan certeros como se pretende; ya que tratamos con animales que tienen unas limitaciones psico-físicas reales a la hora de ejecutar su trabajo. La correcta utilización de los ejemplares, hasta los límites insospechados que pueden llegar a trabajar en el campo de la detección, y la certera transmisión y traducción conductual de su labor, resulta vital para la credibilidad del equipo canino, unidad o sección; además de conllevar un empleo profesional, honesto e íntegro sobre la materia. Durante una intervención real, no se debe ceder nunca ante las presiones, y solo se debe transmitir la realidad de los acontecimientos analizados, sin menoscabo alguno de la profesionalidad requerida siempre.

Por último no queríamos dejar de transmitirles el que nuevos avances tecnológicos, se vienen sucediendo a lo largo del tiempo para favorecer el trabajo de los perros de detección. Comentarles el caso del aparato denominado osmógrafo, presentado recientemente en España, tras un simulacro llevado a cabo por la ONG IAE, durante el mes de septiembre, en donde se ha conseguido llevar a efecto un soporte satelital para la búsqueda y rescate con equipos caninos, en donde se gestionan perfectamente las zonas rastreadas, mediante el cálculo de zonas de cobertura batidas, estudio simultáneo de la ubicación del perro en el área de trabajo, dirección y velocidad del viento, estudio de la zona de búsqueda en tiempo real, y análisis de la capacidad olfativa del perro. Nuevos avances que deben ser probados, verificados y empleados tras la demostración de su utilidad.
 



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